<![CDATA[MEXICANOS DE BRONCE - CRÓNICAS DEL ORIENTE]]>Mon, 14 Jan 2019 09:39:13 -0800Weebly<![CDATA[LA PESCA DEL ERIZO]]>Thu, 03 Nov 2016 15:48:39 GMThttp://mexicanosdebronce.com/croacutenicas-del-oriente/la-pesca-del-erizoSon las seis de la tarde del domingo. Los muros blancos del Oriente se han convertido ya en una valla que solo los más obstinados rayos de Sol logran brincar. Las madres dan la bendición a sus hijos, sus hijos hacen cuentas con sus esposas, sus esposas apuran a los niños, los niños no se quieren bajar de los hombros de sus padres, y sus padres, con nostalgia y la boca seca, les explican que deben irse. Un coro de voces roncas anuncia que la visita ha terminado.

Al fondo del primer patio que separa a los presos de los libres, un vaso de unicel pende de una larga maraña de trapos y agujetas desde un pasillo elevado que conduce a los dormitorios. El vaso, cual marioneta deshilachada que vive sus últimas funciones, bailotea entre las mujeres que se enfilan para su salida, haciendo sonar unas cuantas monedas que lleva en su interior. Como hacen los buenos titiriteros, en este extraño número de carpa la mano detrás del vaso tampoco revela su rostro; el pasillo elevado cumple cabalmente las tareas de Paso de gato. 
Este acto, como otras cosas muy particulares que suceden en El Oriente, pasa inadvertido para la gran mayoría. Las mujeres acosadas por la singular marioneta la esquivan como a una mosca más, y el zumbido de las monedas no logra despertarlas del ensueño que las hipnotiza cuando están por atravesar los túneles que las separan de sus hombres; sin embargo, esta especie de pesca y teatro es solo para los más pacientes, o mejor dicho, para los más necesitados, los más erizos. 

El dueño de la cuerda de trapo es consciente de que el estanque es muy grande y que su carnada no es para todos los peces. Pasarán varias mujeres hasta que aparezca la indicada. Ha llegado, parece de sesenta aunque es muy probable que no llegue a los cincuenta. Es baja de estatura, de extremidades anchas, y en cada brazo lleva colgando una bolsa de plástico con los toppers de la comida. Toparse de frente con el péndulo de unicel implica una contingencia ciertamente complicada. Valiéndose de sus últimas reservas de fuerza física acomoda las bolsas en el piso, lentamente saca el monedero que lleva escondido debajo de la blusa y cuenta las monedas que aún le quedan. Después de un leve suspiro deposita en el vaso la anhelada moneda y un caramelo. Con gran esfuerzo recoge las bolsas y continúa con la fila. El titiritero siente la respuesta a su carnada y grita: “¡Gracias, jefa!”. Ella se limita a contonear la cabeza del mismo modo que la cadera y sigue con su tambaleante paso. El erizo lo ha conseguido una vez más. Tal vez la moneda acabe en la renta de un teléfono para checar el feis, en pagar la lista, en una torta, o en una mona. La jefa no lo sabe y quizá no se lo pregunta, solo está segura de que necesita comprar otra bolsa de caramelos.

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Julio Fernández Talamantes, director de Mexicanos de Bronce.

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<![CDATA[LA INTIMIDAD IMPROVISADA]]>Thu, 03 Nov 2016 15:43:57 GMThttp://mexicanosdebronce.com/croacutenicas-del-oriente/la-intimidad-improvisadaDía de visitan en el reclusorio Oriente. Un sin fin de olores se mezclan en el aire. Gruesas y poderosas moscas danzan sobre una muralla tejida por el humo de cientos de fogatas de aceite hirviendo; vibran con el estruendo de una cumbia que parece ajustar los cuerpos a su compás; se posan sobre fuertes hombros desnudos, bailan entre cuerpos que se abrazan, miradas que se reencuentran o se alejan para siempre. 

Al centro del patio, se abre paso un amasijo de láminas retorcidas que intenta simular un camión en miniatura, lo empuja un hombre –vestido de beige- con un rostro hervido mil veces por el sol del mediodía. En el interior del “vehículo“ un niño sostiene el volante sin emoción; otro, aún más pequeño, mira hacia la incontenible marea de internos y visitantes. Tal vez busca a sus padres que desparecieron hace cerca de 20 minutos, devorados por un laberinto vivo de brazos, espaldas y sudores.

El laberinto se multiplica. Entre los pasillos hay entradas misteriosas, vetas entre las lonas, accesos a estrechos pasillos construidos con cobijas de lana, cobertores desde los que grandes felinos increpan a sus huéspedes. Un Caronte con gafas oscuras y ancha espalda morena custodia la entrada a este nuevo laberinto, se encarga también de cobrar el derecho de acceder al microcosmos de lana y poliéster, única posibilidad de intimidad para las parejas se reencuentran en el Reclusorio Oriente: Las Cabañas.

Al mencionar este lugar, una pícara sonrisa se dibuja en el rostro de casi todos los internos, tal vez por recordar todas las ocasiones en que las pasiones acumuladas tras semanas o meses de ausencia de sus parejas brotaron desenfrenadamente entre muros de cobijas sostenidos por lazos.

Es imposible saber si dentro de una “Cabaña” cede el tumulto del exterior, si una fortaleza de mantas es capaz de aislar los gritos de los comerciantes y las ansiosas charlas de las familias reunidas, o el verdadero aislante es la añoranza del otro, la sed por el olor de él y de ella.

Todos los secretos de esta intimidad improvisada son custodiados por los feroces felinos dibujados en los cobertores. Sin embargo, ni Caronte moreno y musculoso puede esconder las verdades que se leen en los rostros de las parejas al dejar la “Cabaña”. Una par de sonrisas tímidas y un suspiro satisfecho son la única ventana posible a las historias que ocurren entre estos muros que nunca serán los mismos, pues al final de la jornada los lazos cederán y las sólidas fortalezas de la pasión volverán a ser mantas dobladas sobre el suelo, esperando volver a cobijar la fuerza de los cuerpos que se extrañan. 

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Javier Gómez Torres, productor de Mexicanos de Bronce

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<![CDATA[EL RANCHO]]>Thu, 03 Nov 2016 15:04:01 GMThttp://mexicanosdebronce.com/croacutenicas-del-oriente/el-rancho-julio-fernandezDos hombres macizos y requemados por el Sol empujan un chirriante carro de metal, que a su paso va formando una estela de hombres que lo siguen con determinación marcial. El puntero de la comitiva es un hombre pequeño, de voz ronca y profunda, que grita todo tipo de consignas a los cuatro vientos para abrirse paso en los serpenteantes caminos del Oriente. Como si se tratara de un convoy presidencial, esta caravana atraviesa cada punto de revisión en el penal sin el menor obstáculo; las credenciales de su jerarquía están ahí, a la vista de todos. Basta un cruce de miradas entre los custodios y los hombres que empujan la nave para que cadenas y candados se desaten como un moño. Muchos internos no participan en este peculiar ritual, sin embargo, la gran mayoría acoge este desfile con gran fulgor y alegría, a veces tan desbordada que llegan a los golpes y mentadas de madre, pues esta versión desvencijada de camioneta de la Pan Americana transporta la única mercancía realmente vital para el hombre: el rancho.

Los rancheros son una clase especial entre la población penitenciaria, hombres que gozan del poder que da el hambre y que saben hacer uso de él, pues en El Oriente pocas cosas tienen la misma capacidad de metamorfosis que una doble porción de rancho; aquí, una mezcla dudosa de pedacería de pollo y huevo sumergida en salsa verde puede convertirse en un toque, en una llamada telefónica, en el zurcido de un pantalón, o hasta en un servicio personalizado de lavandería. Aunque el rancho no es para todos ­­­­–y se rumora que si así fuera sería insuficiente–, nadie se extrae de dicho espectáculo culinario; apenas salen los humeantes peroles de la cocina para hacer su kilométrica pasarela, y viejos envases de yogurt y crema escapan de costales multiusos en la búsqueda de algo que le dé sentido a su reciclaje. Primero la tropa, los erizos, los que no tienen comisión, aquellos que viven la indigencia entre cuatro muros; después los que no recibieron visita en la semana, los que se quedaron sin dinero pagando la última lista, aquellos que están ahorrando para traerle serenata a la jefa el 10 de mayo; por último, las excepciones, los que dejan el plato a medias solo para no desfallecer de hambre, los que jugando con la comida comprueban que el guiso trae cartílago y que las verdolagas están pasadas. El arte de la improvisación resurge con fuerza e ingenio, algunos combinan el rancho con la comida que les llevaron el día anterior y mantienen el apetito saboreándose un flan de la calle que tienen en la hielera, otros disimulan los sabores friendo dos veces la comida con bastante aceite y salsa picante. 

Rocky me sirve un plato generoso, complementado con media docena de tortillas. A Javi –que no pierde la oportunidad de advertir sobre su dieta vegetariana– le sirven uno más generoso que el mío, también con media docena de tortillas. Mucho mejor de lo que imaginé. Una Coca-Cola de tres litros corona la mesa y al fondo se escuchan Los Tlapala ensayando los clásicos de José Alfredo.

Author

Julio Fernández Talamantes, director de Mexicanos de Bronce.

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